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17.04.19

Notre Dame de Paris: la historia sigue

Con trágico contraste, el fuego arrasó rápidamente siglos de trabajo arquitectónico. La visión de una experta, la arquitecta Marta García Falcó, investigadora y documentalista en patrimonio arquitectónico y cultural.

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Para confirmar que generalmente la realidad supera a la ficción, el impresionante video en el que la aguja del transepto de la catedral de Notre Dame se quebraba y caía en medio de un intenso fondo rojo de auténtico fuego, daba la vuelta al mundo a los pocos minutos de haber sido filmado.

Un  enorme contraste con la lenta historia de la construcción y reconstrucciones de Notre Dame a lo largo de sus nueve siglos, desde que en 1163 el obispo Maurice de Sully pusiera su piedra fundamental hasta las tareas que se estaban llevando a cabo al momento de arder parte de su cubierta y su aguja. Quizá para evitar mayores discusiones sobre optar por la reconstrucción o intervención contemporáneas, quiso la providencia que la mayor parte de lo destruido por el fuego-más allá de la estructura de roble de la cubierta, del siglo XIII-, fuera el sector mejor y más profusamente documentada de la catedral; las obras que realizaran Eugene Viollet-Le –Duc y su maestro Jean Baptiste Lassous tras ganar en 1844 el concurso para la restauración del entonces deteriorado templo de Notre Dame de Paris, que Victor Hugo había recientemente descripto en su novela homónima.



Consolidada su construcción hacia 1270, con el tiempo se modificaron alturas de las galerías altas de las naves, unificando en tres niveles los cuatro originales, incrementando asi el ingreso de luz, extendiendo los cruceros y agregando capillas entre los contrafuertes, con la fachada Oeste y el rosetón completos en 1225. Algunas de las últimas adiciones de la construcción primitiva fueron las capillas radiales entre los contrafuertes del coro, en 1325. Fue modelo desde entonces para otros templos, con su paradigmática fachada extendida en ancho-cubriendo con sus tres cuerpos una planta de cinco naves y no de las tres habituales-, y sus dos franjas unificadoras en horizontal: los reyes de Francia sobre el primer nivel y las arquerías transparentes sobre el rosetón. Una horizontalidad que contrastaba con la tipología más vertical de altas torres laterales, como Chartres, y que acudía a enfatizar sutilmente la verticalidad con la flecha sobre el crucero, la que repondría Viollet-le Duc llevándola a una perfección en el diseño no lograda por los maestros medievales en el proyecto original.

Además de ser uno de los dos íconos más visitados de París –junto con la torre Eiffel-, y uno de los 32 edificios de Francia declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y escenario de nueve siglos de historia occidental, Notre Dame ha visto evolucionar la ciudad a su alrededor. En una isla, a cuyo paisaje bajo se acoplaba maravillosamente con su frente sin altos pináculos -a diferencia de los altas torres de las iglesias de llanura-, la de Paris obtuvo su despejada plaza frontal gracias a las reformas del Baron Haussmann en el siglo XIX, que trazó frente a la catedral una de las tres avenidas pasantes a través de la Ile de la Cité; la dotó, demoliendo vestigios ruinosos, de un entorno amplio y despejado, y creó nuevos edificios públicos que le dieran digno marco.  La antigua catedral tomaba nueva perspectiva, contemporáneamente con las restauraciones que el más puro medievalista de la época –Viollet Le Duc- aportaba a su arquitectura, y retomaba su antigua presencia.



La piedra puede ser menos resistente de lo que aparenta, sin embargo junto a los elementos de ladrillo, los vitrales, las estructuras de madera de cubierta y la moderna aguja decimonónica con estructura de madera revestida en tejuelas de plomo para hacerla más resistente, ha soportado embates de todo tipo: batallas, revoluciones, bombardeos, invasiones, deterioros por agentes abrasivos, abandonos y aun un intrusivo turismo masivo. Aunque se decidiera no dar crédito a los postulados de las cartas internacionales sobre preservación del patrimonio heredado y oportunidad de las reconstrucciones, la azarosa vida de la catedral de Paris y su indiscutible condición de ícono que trasciende creencias religiosas o nacionalidades, obligan a no dudar sobre la necesidad de su fiel reconstrucción que, por otra parte, es absolutamente abordable, considerando las imágenes casi surrealistas de una Notre Dame arrasada.
 

 
 
 
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